A algunos les hablaba de ello, a otros se los mostraba, e incluso se los vendía a algunos. Para los adolescentes, todo eso parecía una especie de entretenimiento inusual. Mi hijo también se dejó llevar.
Tenía curiosidad por ver cómo una pequeña criatura saldría del huevo, y decidió que podría criarla en casa, sin decirle nada a nadie.
Confesó que quería esconderlos en su habitación y esperar a que algo naciera. Ya había leído en internet cómo mantener el calor, dónde colocar los huevos y cómo alimentar a las crías después.
Decía todo esto con un entusiasmo extraño, como si se tratara de un experimento inofensivo, y no de reptiles vivos que podían aparecer en cualquier momento en nuestra casa.